El día en que volví….
1. El día en que me fui…
El día en que me fui había sido totalmente distinto. El miedo me gobernaba de forma irrevocable. La ansiedad se apoderaba poco a poco de cada músculo de mi cuerpo. El equipaje estaba listo: 2 bolsos enormes imposibles de transportar acunaban mi vestuario, una caja pequeña custodiaba mi vajilla y una pequeña mochila cumplía el rol de compañera con documentación importante, plata y claro, el pasaje. Mi cabeza no paraba de pensar un minuto en la decisión que había tomado, en los motivos por los cuales estaba dejándolo todo. El arrepentimiento se asomaba de a ratos a observarme, para ver si me atrevía a pronunciar aquellas palabras que toda mi familia deseaba oír, pero era bruscamente censurado por una razonamiento mucho mas sólido: ¡Al menos intentalo!
La terminal desbordaba de gente, mi familia en su totalidad estaban presentes, tristes, nostálgicos, algunos un tanto perdidos ante el hecho que estaba apunto de acontecer. 10 pares de ojos no hacían más que visualizarme. ¿Qué pensarían? Nunca podré saberlo. El colectivo llegó puntual, las lágrimas brotaron casi sin darme cuenta, qué manera de llorar, cuánta nostalgia, cuánto temor y qué poco entusiasmo e interés sentía ante lo nuevo. Mi cabeza hablaba en tono persuasivo:
- Realmente no queres esto, ¿Qué estás haciendo? En un mes estás de vuelta.
Pero esa frase ya conocida me daba el pié perfecto para que mi otra Anita: corajuda, irracional y terca; se apodere de la palabra y se plante firme en la ocasión:
- Bueno…si en un mes estás de regreso..¿Por qué no lo intentas al menos?, para volver hay tiempo, ellos van a seguir estando acá.
Me convenció, me atrapó inmediatamente. Besos a montones para cada uno, abrazos fuertes, tenaces expresaban el deseo de aferrarme y no irme, no sin ellos. Pero la Ana dominante me hacía soltarlos:
- Llorá, llorá, pero nos vamos.
Mi mamá me tranquilizaba:
-Vamos hijita, ya hay que subir.
Agradecía enormemente que ella me acompañara. Los primeros kilómetros fueron exclusivos del llanto, del remordimiento, del temor. Pero ya estaba en viaje, en viaje porque así lo había querido.
Aunque los motivos argumentados ante mis padres no eran 100% sinceros y ya no me convencían, es más, nunca lo habían hecho, expresar la verdadera razón de mi demencia me hubiese imposibilitado para lograr asumir ese riesgo. El amor había sido siempre, desde el inicio, ese factor; pero para colmo, la relación se había terminado 3 meses antes de mi partida. ¿Cuál era mi motivo ahora? Si quería hubiese dado marcha atrás, pero no, eso daba la posibilidad de corroborar las especulaciones de los otros, certeras, pero inadmisibles para alguien como yo. “No me voy por él, me voy porque es la mejor universidad” Me había encargado de repetirlo hasta el cansancio, hasta creérmelo, hasta que los demás lo crean. ¡Qué ingenua! Cómo si no me conociesen?. Una mueca se dibuja en mi rostro ante el recuerdo arduo y profundo de la situación, ya lejana, añeja y distante. Pero continué recordando: ¿Cuál era entonces, mi nuevo motivo inconfesable? Claro, mantener mi palabra, mantener mi coherencia, eso ante todo y por más de que el mundo se venga abajo, sin eso no soy nada, palabra y coherencia:
- No sos una mujer débil, no necesitas de otra persona, podés lograrlo sola. Sé coherente…
Mi cabeza fuera de control me daba los empujones que por lo general te dan los amigos… y así fue… estaba en viaje…
2. El día en que volví…
¿Qué significa irse, si no es para volver?, ¿Con qué vara medimos la distancia, si no es con la del retorno?, ¿Cómo sabemos que actuamos bien, si no volvemos para enfrentarlo?, ¿Qué significa irse, si no es para volver?
Paisaje:
La noche transcurría en medio del campo. Un infinito cielo negro cubierto de estrellas no hacía mas, que alentar a mi traviesa imaginación para que continuara reconstruyendo vivencias de mi pasado y las proyectara hasta el momento de mi llegada. Necesitaba ver la alameda amarilla, totalmente amarilla, firme pero flexible adornando el camino a casa; protegiendo a las manzanas de los fuertes vientos patagónicos. Sabía incluso que cuando mi colectivo penetrara el arduo desierto, la meseta escalonada y los arbustos achaparrados ya me iría sintiendo de regreso.
Un tanto desvelada, posiblemente por la ansiedad de llegar pronto, no hacía más que imaginar y recordar. Visualizaba en mi mente la primera noche lejos de casa: me había acostado temprano, estaba cansada, me sentía sola, sabía que me deprimiría si me mantenía conciente mucho más tiempo. Por esta razón, había decidido acostarme temprano: para no pensar. La decisión certera no cumplió su prometido; pues esa noche no hubieron grillos, no hubo beso de buenas noches, no hubo aire fresco entrando por mi ventana, no estaba mi hermana durmiendo a mi lado, ni insistiendo que no me durmiera porque tenía ganas de charlar; no hubo viento, no hubieron árboles cantando durante toda la noche hermosas canciones de cuna, no había nada. Sólo, bocinas y frenadas de auto. Se me hizo imposible conciliar el sueño. Qué noche extraña, ajena. ¿Cuánto tiempo mas me tomaría?.
Decidí inmediatamente dejar de recordar los sucesos difíciles y revivir los lindos. Mirando hacia atrás muchos años de golpe me recordé feliz: tomando mates con amigos, compartiendo mucho tiempo con el que en ese momento era mi novio. Recordé anécdotas, recordé cuánto quería a esas personas, y me alegraba reconocer la suerte que había tenido de encontrar seres así. De reflexión en reflexión, llegué a una conclusión: Nunca nada será perfecto, porque lo perfecto no es más que el deseo inalcanzable, pero incluso con todos los peros que podemos encontrar, la felicidad es realizable. Cuando la alcanzamos la vemos, la sentimos, la escuchamos. Cada vez que un amigo nos ceba un mate, cada vez que decidimos compartir tiempo con otro.
El viaje transcurrió así entre recuerdo y recuerdo. De vez en cuando lograba dormir un poco. Me despertaron para el desayuno. Miré hacia la ventana, ya estaba en el desierto. El cielo bastante iluminado, aún dejaba ver en el horizonte algunos rayos rojos y fucsias. Un escenario muy intenso, muy tenaz. Me tomé unos minutos para contemplarlo: tan bello, tan único, tan imponente, tan cotidiano en aquellos pagos y tan imposible en la ciudad. Es impactante como algo tan sencillo y común puede convertirse en algo sumamente anhelable. En algo relevante, a tal grado que incluso te hace sentir en familia.
Comencé a visualizar el fin de la meseta. Pero aún no había llegado al punto geográfico determinante. No había cruzado la frontera. No había transitado el puente que une al extraño del lugareño. De repente se abrió un brecha en medio del desierto, y ahí lo ví. El tan esperado valle se encontraba erguido, totalmente verde, con su tierra oscura, sus inmensos canales de agua, grandes alamedas contorneaban los cuadros de producción y los que estaban en reposo. Vivo, activo, alegre, curioso y trabajador valle. Que emoción el reencontrarte. Sin dudas estaba en casa.
Viento:
Imaginé el viento: golpeándome la cara, silbando canciones en mi oído, entrelazándome el cabello y llevándose consigo cualquier idea que transitara por mi mente en aquel momento.
Oh viento, tú que viajas de pueblo en pueblo
uniendo cantares de viejos,
oh viento, que te llevas contigo todo lo que puedes
todo lo que a capricho quieres.
Oh viento, que no envejeces nunca,
pero envejeces a tus rivales de ensueño,
enfureces al mar, al lago, al río,
erosionas a la sabia montaña,
y desgajas, desmembrando a cada árbol que ante ti se posa.
Oh viento, que me llevas contigo,
haciéndome música, en diversos oídos,
oh viento que me aclamas por lo bajo,
que no te abandone, oh, nunca,
Oh viento, que me despeinas el cabello,
que me envuelves el rostro para que ciega deambule tras tus pasos,
oh tú que me desvistes sin pedir permiso,
y me vuelves a disfrazas a tu antojo.
Oh viento, cuanto te elijo,
cuanto te sigo,
oh viento cuanto me cambias,
me dejas morir, para volverme a la vida,
oh viento, fiel compañero, yo también te aclamo que no me dejes nunca,
pues conmigo te llevo,
por mas de que no exista el viento en aquel sitio.
Tierra:
Imaginé el olor de la tierra, su cuerpo, su textura. ¿Cuántas tortitas de barro habíamos compartido juntas? Ese color tan oscuro que hasta te tiñe el alma. Tan inmóvil, tan insulsa, tan molesta, cuánta felicidad me provocaba tenerla. Sentir sus raíces atadas a mi ser, abrazadas a mi. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Cuántas charlas nos debíamos?