lunes, 30 de mayo de 2011

Por eso hoy bailás (tp ficción 2)


Yacía inmóvil. Su mirada perdida no hacia más que observar sin ver el techo agrietado y amarillento de su habitación. Sus ojos eran pequeños, muy pequeños, quizás por el paso del tiempo. Los párpados caídos solo intentaban acallar esa mirada y así, olvidar  el delirio que transcurría secuencialmente por su cabeza poco lúcida. Las arrugas de su rostro se unían desde sus mejillas hasta sus sienes. Pero no era solo vejez lo que aquel rostro me mostraba, era también agonía, agonía por no poder volver a ser lo que una vez había sido. Un sueño dejado en el olvido puede ser potencialmente peligroso cuando uno está caminando casi muerto por la vida.
            Quién sabe cuántos caminos recorría su mente en aquel momento, cuántos recónditos lugares estaba viendo. No podía descifrar su secreto, sólo podía percibir que era intenso. Mientras caminaba por el pasillo para acercarle sus medicamentos logré visualizar su silueta luchando consigo misma para poder ponerse en pié. Esperé unos segundos para ver si requería de mi ayuda, pero ese hombre logró erguirse al cabo de unos minutos. Arrastrándose poco a poco se dirigió hacia la sala. Posó su mano suavemente sobre el añejo tocadiscos. Cerró los ojos, su pulso tembloroso no hacía más que sentir, sentir esa contextura como si fuese el cuerpo de una mujer muy amada. Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro. Permanecía en silencio, pero esta vez recordando, soñando, volviendo a ser eso que una vez  había sido.
            Sabía qué era eso que sus oídos querían oír, por eso sigilosamente coloqué el disco, casi no percibió mis movimientos. Un tango comenzó a sonar con un bandoneón de fondo. Fue allí cuando sus ojos se abrieron como nunca antes, en mucho tiempo, había podido observar. Un aire rejuvenecedor paseó por su rostro. Se corrió  unos pasos hacia atrás, y lentamente comenzó a bailar.
            La baldosa era casi impecable. Sus pasos discontinuos se movían lentamente por el piso de la sala. El tango no dejaba de sonar, y él no dejaba de reír. Reía como un joven extasiado ante la vida. Continuó bailando, en silencio, pero bailando, feliz, pero en silencio. Luego lo acompañé hacia su cuarto. Yacía inmóvil, sus ojos lentamente se cerraron, pero esta vez, nunca jamás se abrieron.

“Por eso hoy bailás, y bailás emocionado,
dibujando una baldosa en un tango de salón,
sonriendo ante el pasado,
al ritmo del bandoneón”


Florencia Paolella
           

domingo, 29 de mayo de 2011

Dibujando la baldosa en un tango de salón (tp ficción 1)

Ya casi moribundo estabas recostado,
soñando con aquello que antes ocurrió,
bailando sin cansancio, llorando de pasión,
dibujando la baldosa en un tango de salón.

Así te despertaste, eufórico e impaciente,
con ganas de volverte tan joven como aquél,
pero el cuerpo cansado pedía insistente,
que olvides ese sueño que ya no puede ser.

Pero vos no querías olvidar el pasado
y jugando con tu cuerpo, no te dejaste vencer.

Por eso hoy bailas y bailas emocionado,
dibujando la baldosa en un tango de salón,
sonriéndole al pasado, al ritmo del bandoneón.

Las lágrimas te brotan, nostálgicas, vivaces,
recordándote el momento en el que te dejaste vencer,
pero tu mueca gana, burlándose de vos,
tan viejo y moribundo, en un tango de salón.

Por eso hoy bailas y bailas emocionado,
dibujando la baldosa en un tango de salón,
sonriéndole al pasado, al ritmo del bandoneón.

Tangos para la inspiración


Al compás de un tango (letra: Oscar Rubens música: Alberto Suárez Villanueva)

Dejate de locuras, muchacho,
pensá bien lo que haces.

Me han dicho que te han visto borracho

Llorando por una mujer...

¡Como el dolor te ha cambiado,

que ya no sos el de ayer!

Volvé pa' la milonga,

que un fuelle rezonga

como llamándote.


Al compás de un tango

la habrás de olvidar,

con una pebeta

que sepa bailar,

una piba buena

que, al mirar tus ojos,

comprenda la pena

de tu corazón.


Al compás de un tango

habrás de encontrar

a esa mujercita

sincera y leal,

y veras, un día,

lleno de alegría

a la que lloraste

ni recordarás.


Dejate de locuras, muchacho,

tenés que reaccionar.

El hombre debe ser de quebracho

pa' resistir el mal.

Si esa mujer te ha hecho daño

perderla ha sido mejor.

Volvé pa' la milonga,

que un fuelle rezonga,

pa' darte más valor.

Así se baila el tango (letra: Marvil (Elizandro Martinez Vilas) música: Elías Randal)

¡Qué saben los pitucos, lamidos y shushetas!
¡Qué saben lo que es tango, qué saben de compás!

Aquí está la elegancia. ¡Qué pinta! ¡Qué silueta!

¡Qué porte! ¡Qué arrogancia! ¡Qué clase pa'bailar!

Así se corta el césped mientras dibujo el ocho,

para estas filigranas yo soy como un pintor.

Ahora una corrida, una vuelta, una sentada...

¡Así se baila el tango, un tango de mi flor!


Así se baila el tango,

Sintiendo en la cara,

la sangre que sube

a cada compás,

mientras el brazo,

como una serpiente,

se enrosca en el talle

que se va a quebrar.

Así se baila el tango,

mezclando el aliento,

cerrando los ojos

pa' escuchar mejor,

cómo los violines

le cuentan al fueye

por qué desde esa noche

Malena no cantó.


¿Será mujer o junco, cuando hace una quebrada?

¿Tendrá resorte o cuerda para mover los pies?

Lo cierto es que mi prenda, que mi "peor es nada",

bailando es una fiera que me hace enloquecer...

A veces me pregunto si no será mi sombra

que siempre me persigue, o un ser sin voluntad.

¡Pero es que ya ha nacido así, pa' la milonga

y, como yo, se muere, se muere por bailar!

Bailarín compadrito (letra y música: Miguel Bucino)


Vestido como dandy, peinao a la gomina
y dueño de una mina más linda que una flor,

bailás en la milonga con aire de importancia,

luciendo la elegancia y haciendo exhibición.


Cualquiera iba a decirte, che, reo de otros tiempos,

que un día llegarías a rey de cabaret,

que pa' enseñar tu corte pondrías academia...

Al taura siempre premia la suerte que es mujer.


Bailarín compadrito,

que floriaste tu corte primero,

en el viejo bailongo orillero

de Barracas al sur.


Bailarín compadrito,

que quisiste probar otra vida,

y al lucir tu famosa corrida

te viniste al Maipú.


Araca, cuando a veces oís La Cumparsita

yo sé cómo palpita tu cuore al recordar

que un día lo bailaste de lengue y sin un mango

y ahora el mismo tango bailás hecho un bacán.


Pero algo vos darías por ser sólo un ratito

el mismo compadrito del tiempo que se fue,

pues cansa tanta gloria y un poco triste y viejo

te ves en el espejo del viejo cabaret.


Bailemos (música: Pascual Mamone letra: Reinaldo Yiso)


No llores, no muchacha, la gente está mirando
bailemos este tango, el tango del adiós...

así entre mis brazos, mirándote a los ojos

yo quiero despedirme sin llanto y sin dolor...

La vida caprichosa nos puso frente a frente

prendiendo en nuestro pecho la hoguera de un querer,

mas hoy, la misma vida nos manda separarnos

el sueño de querernos, ya ves, no puede ser...


Bailemos

como antes, cariñito,

abrazados, bien juntitos,

sólo un alma entre los dos...

Bailemos

que no vea en tus pupilas

una lágrima furtiva,

ni una sombra, ni un dolor...

Bailemos

que después ya sin tus ojos

he de arrancar un sollozo

por mi amor y por tu amor...

Siempre

estarás en mi desvelo

¡como una estrella en el cielo

prendida en mi corazón!


No intentes rebelarte, lo nuestro es imposible,

un sueño irrealizable que nunca floreció,

qué importa que nos una un mismo sentimiento

y encienda nuestras almas la antorcha del amor...

Que tengas mucha suerte, que Dios no te abandone,

yo sé que a mí me espera la eterna soledad,

no tiembles en mis brazos, te ruego me perdones,

el tango ya termina... salgamos a llorar...

lunes, 16 de mayo de 2011

La comparsita (espacio cultural Carlos Gardel, primera vez)


            La noche estaba agradable, un tanto silenciosa para mi gusto, pero, por lo menos no hacía frío.          El sonido de nuestros pasos se hacía cada vez más notorio. Ambas caminábamos sin rumbo, la dirección de destino había quedado sobre la mesa de la cocina. Prestando inmensa atención a las calles continuábamos caminando sumergidas en una charla placentera. De golpe y sin darnos cuenta vimos sobre nuestras cabezas las banderas que nos marcaban la entrada principal.
            Ya en el lugar, agradecidas de haberlo encontrado, y más aún, de encontrarlo abierto, comenzamos a inspeccionar. El hall de entrada era oscuro, con escasa iluminación; grandes sillones de cuero dispuestos en forma rectangular cautivaron particularmente mi atención. A nuestra derecha, una pequeña exposición de cuadros y detrás de ella, una especie de muestra de diseño de ropa diminutos.  Un gran telón negro nos tentaba a ingresar hacia el otro lado. Un tango de fondo y numerosas parejas bailando, incitaron de definitiva a nuestra traviesa curiosidad; por lo que sin proponerlo, ambas nos encontrábamos en una gran sala, que en ese momento, era de baile.
            Un escenario amplio con una gran pantalla a su lado llamaba rotundamente la atención. Aunque al cabo de unos segundos, pasaron a segundo plano. El sonido de los zapatos al ras del suelo alisado, las posturas de las parejas, el silencio que entre ellos predominaba, y las expresiones de sus rostros al escuchar la música, pasaron a ser el centro de la escena. Figuras añejadas con delicados movimientos, aunque un tanto desarticulados por la vejez, invadieron mi mente. El atuendo de todos oscilaba en el color negro, salvo algunas excepciones. La presencia de 2 o 3 parejas jóvenes pasaba inadvertida al contemplar la edad predominante. Una mano temblorosa, quizás por alguna enfermedad, sujetaba con firmeza la cintura de la señora. Esa imagen fue más que simbólica: que nada te impida seguir bailando, pensé en mis adentros. Miradas nostálgicas con lágrimas que se asomaban pretendiendo saludar: ¡Quién sabe cuántos recuerdos gobernaban la mente de aquél señor!.
            Comencé a fantasear una historia de amor entre tango y tango. Una mujer de edad avanzada acercándose a bailar. Un caballero solitario y bien apuesto, la invitaba a bailar, para luego sumergirse en el amor y la pasión, para así envejecer juntos. Una vez recreada la historia, tuve el privilegio de presenciar un cortejo. Un caballero delgado, de figura esbelta miraba con detenimiento a cada señora que permanecía sentada. Al visualizar a la cual era de su agrado, se acomodó el pañuelo que sobre su cuello se posaba; y con paso lento y una postura rígida, caminó hacia ella. Posó su mano delante de sus ojos. Cuando la dama levanto la mirada, el caballero de forma brusca levantó el mentón indicando con sus ojos la pista de baile. Ella tomó su mano y  comenzaron a bailar. Mi corazón latía emocionado ante aquella situación. El sonar de los pies expresaban más que una melodía agradable, llenaban el aire de vida, de nostalgia, de pasión.
            Ya por finalizar el ensayo, un joven reclamó la comparsita, y con ese tema, siguieron bailando calladamente hasta el final.

 

lunes, 9 de mayo de 2011

¿Quién dijo que es fácil? historia de un proceso de escritura.

Todo comenzó muy difuso. Los primeros trabajos habían nacido solos, pero esta vez era distinto. Había narrado una historia breve, una historia que aún no entiendo de dónde surgió. Lo había arriesgado todo. Me remonte a tiempos, que solo conocía por los libros de historia. Narraba un suceso que no tenía origen en si mismo, y que a su vez carecía de fin. ¿Qué había hecho? ¿Por qué se me había ocurrido narrar aquello? Lejos estaba de la respuesta, y mas lejos aún lo estoy en este momento.
            Por esas casualidades de la vida, mi trabajo había tenido buenas críticas, como así también muchas sugerencias. Llegué a casa pensando en cómo crear aquello que le faltaba, cómo darle mas sentido que el que tenía, cómo jugar con la temporalidad sin quedar atrapada en ella. No fue fácil. La verdad, fue muy difícil. Cada vez que escribo, lo hago con entusiasmo y dedicación, solo necesito pensar por 10 minutos en aquello que quiero contar, en aquello que deseo mostrar, y luego el lápiz se mueve solo. Aquella vez, no sucedió lo mismo. Estaba atrapada en un campo semántico que no me interesaba, que no me generaba curiosidad, mucho menos entusiasmo como para escribir algo acerca de eso, pero no me quedaba otra opción más que hacerlo. De forma tal que comencé a armar mi cuento.
            Lo remonte a tiempos añejos, a tiempos que ni siquiera conocía plenamente. Cuando leí las sugerencias, mi mente trajo a colación un recuerdo en el que una docente me explicaba cómo quién escribe sólo puede hacerlo acerca de lo que conoce claramente. Que no se podía narrar una historia sin conocer su contexto porque caeríamos en pasos en falso. De más esta decir que eso fue lo que me sucedió. Tuve que buscar información extra acerca del contexto donde había situado mi historia, tuve que dedicarle mucho mas tiempo que el que tenía dispuesto, tuve que estudiar, para poder concretarlo. Los primeros ajustes, fueron en base al tiempo de mi historia, había asumido un juego, en el cual no conocía las reglas y, lo peor de todo, es que era yo quien lo había inventado. Cuánta frustración experimenté esa noche. Pero luego de un rato de ensayo y error, mi personaje le daba al lector más información que la que se hubiese podido imaginar.
            Realmente creí que ya había quedado listo. Pero esta vez, volvía a equivocarme. Los ajustes le habían dado el plus que mi relato necesitaba, pero habían surgido nuevas cosas y, esta vez, en torno a mi personaje. No se sabía quién era, un aura oscura llena de incertidumbre rodeaba a aquel sujeto improvisado que había salido de mi mente una noche que no había sido más que una interacción entre lo frustrante y lo desconocido. Bueno, había llegado la hora de darle un poco mas de identidad. Escuché con atención las nuevas sugerencias, pero caí en otro error. Había escuchado con tanta atención las sugerencias que, en lugar de crear algo que constituya identidad, sólo había modificado casi de forma textual, lo que la profesora me había remarcado. Vergüenza fue lo que experimenté cuando recibí mi trabajo por tercera vez.
La verdad, debo reconocer, que hubo cosas que no entendí y que aún hoy sigo sin entender. Las marquitas al lado de mis líneas con conceptos como el de verosimilitud es un claro ejemplo de ello. El mal uso que le doy a las comas ubicándolas en lugares que no corresponden es otro de ellos. Pero también puedo ser optimista en otros sentidos. Por ejemplo, no entender el concepto del mal uso de las comas, no impidió que hoy preste gran atención en ello y que más de una vez, pueda identificar en mi relato algún que otro caso en el cual estoy cometiendo nuevamente el mismo error, sólo que esta vez, puedo modificarlo. A su vez, debo argumentar a mi favor que cuando escribo, leo y releo constantemente a medida que avanzo, intento alejarme y acercarme desde distintas perspectivas, desde afuera hacia adentro y viceversa. Pero justamente por leer tantas veces, es que una vez finalizada mi producción debo dejarla oculta un largo tiempo, para así poder reconocer, cuantos errores cometo. Cuando vuelvo a abrir el archivo luego de unos cuantos días, todo lo veo mas claro, las correcciones saltan a simple vista y puedo modificarlas. El haber tenido que trabajar durante 3 semanas acerca del mismo producto, fue reduciendo cada vez mas mi mirada critica acerca del mismo. Hoy mi relato requiere una cuarta versión. Pero lamento informar que no la tendrá en breve, sino, dentro de un tiempito más. ¿Quién dijo que es fácil escribir? ¿Quién dijo que es fácil ser crítico de lo que uno mismo crea? Y eso que ni siquiera estoy poniendo en debate el hecho de escribir bien. Sino sólo el hecho de escribir.

El naufragio (tercera versión)

 
Casi no podía creerlo. La flota mas poderosa de la historia de Inglaterra se hundía con facilidad por una tormenta. De los casi 300 barcos que la componían, sólo quedaron a flote unos 190. Haber sido testigo de esa situación fue catalogado luego, como un privilegio histórico. Lamento tener que discrepar con esa afirmación, lejos de haber sido un privilegio, yo lo experimenté desde su inicio como una tragedia. Sólo después de muchos años logré sentir satisfacción con aquel episodio.
            El relato debía ser perfecto, por eso estaba allí. La tormenta se sentía próxima, pero nadie esperaba aquel final. Debíamos describir los primeros momentos de la guerra. Detrás de nosotros toda una Nación aguardaba la verdad. Mis manos temblorosas dejaron caer el lápiz que en tantas aventuras me había acompañado. Mi anotador, amarillento por los años, quedo vacío, no había ninguna línea que lo acompañe. Las olas sacudían los barcos como si fuesen marionetas de tela, flexibles y dóciles. El agua, tan serena, pura y refrescante se levantaba sobre si misma con un color negro intenso, como si estuviese llena de ira. Mis ojos que no podían darse el lujo de parpadear, intentaban entender las razones del océano para arrastrar a sus profundidades tanta cantidad de madera, sogas y personas. En ese momento, mi cabeza no dejaba de pensar en una frase tan vieja como el hecho mismo que intento narrar: “La naturaleza sabe defenderse de la maldad de los hombres”. No entendía bien porqué no podía dejar de pensar en eso. No encontré las razones en ese momento, quizás porque no las estaba buscando.            Los tripulantes de la flota, aquellos que habían permanecido a salvo, nada podían hacer por sus compañeros. Sabían que si regresaban por  ellos, el océano furioso los recibiría con un abrazo lleno de muerte. Mástiles, proas, popas, remos, velas, barcos salvavidas, todo estaba hecho trizas, caían de una lado al otro, aplastando a los tripulantes y a los demás barcos próximos. ¿Cómo podía actuar en esa situación? Nada podía hacer, los pocos que experimentábamos el naufragio ni siquiera hablábamos entre nosotros, estábamos estupefactos ante ese episodio casi imposible de contar.
            Desde inicios de 1800, Inglaterra, había conformado la flota mas poderosa de la historia. Tras recorrer 130 años victoriosos por el océano: ¿Cómo era posible que una tormenta los venciese? Sin duda el mar no quería ser testigo nuevamente de las batallas feroces que sobre él se levantaban. Mas allá del hecho de naufragar tan común en aquella época, el suceso era mas abarcativo y simbólico que el naufragio mismo. La armada mas reconocida del mundo estaba siendo acabada, destrozada. El océano se había convertido en un rival imposible de vencer y les quitaba a los ingleses cualquier posibilidad de rearmarse. Para muchos de nosotros eso significó un respiro, pero era casi imposible de comprender cómo esos barcos, símbolos de tantas conquistas y triunfos históricos habían podido ser acabados por un fenómeno natural.
            Luego de ese análisis, fue que lo comprendí todo. “La naturaleza sabe defenderse de la maldad de los hombres”. La Inglaterra poderosa, con su flota inigualable nada podía hacer en cuanto al océano dominante. Haber decidido atacar incluso, cuando nuestra piel sentía próxima la tormenta, fue una subestimación muy grande para aquel océano furioso. No eran asuntos del mar cargar con las almas que allí quedaban. No era su función llevárselas al fondo y tenerlas a sus pies. El mar no quería sentir como los cuerpos tibios se tornaban fríos. El mar no quería tocar, ver, oler ni escuchar los gritos, los tiros, la sangre, los cuerpos que sobre él pasaban moribundos. El mar no quería ser utilizado para un fin como la muerte. Las aguas preferían teñirse de negro, en lugar de rojo. Preferían ser partícipes de una batalla justa en lugar de una injusta. Preferían acabar ellas con un problema que las acechaba cotidianamente, en lugar de esperar  que otros terminen con tanta maldad. El color negro del mar, es el color de él mismo, pero el color rojo de la sangre derramada,  no era una opción que el océano pudiese negociar.

De donde vengo es lo que soy (presentación)


Aire frío, calles de tierra, inviernos de humo, cielos eternos, mares de estrellas; de ahí vengo, de ahí soy. Esas son la cualidades del lugar donde nací, pero -por más que intente describirlo correctamente-, la imaginación del ser humano puede conducirnos a tantas conclusiones como piedras hay en el camino. El aire fresco, perfumado y renovador de la Patagonia llenó mis pulmones 17 años de mi vida. Los otros 3 que la completan fueron en un entorno totalmente distinto. Cambié la tierra por el asfalto, las casitas de madera y ladrillo por grandes edificios, el cielo estrellado por dos estrellas ocasionales, los grillos en las noches por las sirenas, bocinas y frenadas de los coches. Cambié todo, todo el contexto en el cual me movía, vivía y festejaba. Si bien estas líneas pueden generar tristeza en quien las lee, no es precisamente ese sentimiento el que me invade. Lo que hoy produce que mi lápiz escriba solo, no es la tristeza sino la nostalgia.
            Respecto a mí puedo decir varias cosas, las cuales suelo agruparlas en dos grupos: las buenas y las malas. Empezando por las buenas, me considero una persona confiable, segura, alegre, simpática, coherente, reflexiva, madura, extrovertida y protectora de las personas que quiero. En cuanto a las malas, me considero una persona demandante, testaruda, terca y un tanto orgullosa. El punto medio entre ambos grupos no existe, determinadas ocasiones ameritan mi lado malo y otras tantas ameritan mis mejores cualidades. Pero puedo afirmar que mi personalidad un tanto inestable, suele estar gobernada por mi lado bueno. No me levanto con ánimos de pelea o discusión, sino siempre contenta y a gusto de ir a los lugares en los que me muevo.
            En cuanto a mi familia les cuento que somos cuatro hermanos, un varón y tres mujeres. Nuestros nombres: Matías, Julieta, Agustina y quien les escribe, Florencia. Matías tiene 29 años, dos hijitos varones y esta casado. Julieta tiene un varoncito mas, también está casada y tiene 23 años. Agus y yo somos gemelas, tenemos 20 años. Agus vive en pareja en el sur en Lago Puelo, para ser más precisa y yo acá en Buenos Aires. Mis papás son Mónica y Adalberto, son los únicos que permanecieron en el lugar donde nacimos, nosotros nos fuimos moviendo, motivados por las decisiones que hemos ido tomando. Mamá, papá, Matías y Juli, viven todos muy cerquita. Agus y yo, fuimos quienes nos alejamos considerablemente, Agus por un proyecto de vida que incluía amor, estudio y trabajo; y yo por mi proyecto que incluyó en el inicio solo estudio y hoy incluye además el trabajo. La militancia que asumí desde hace un año, no formó parte del proyecto en su inicio pero hoy tomó gran relevancia.
            En cuanto a mi como lectora, se puede decir que disfruto de la lectura, que me gusta pasar horas leyendo un libro que me despierta sentimientos, fantasías, utopías, odiseas, tristezas y una serie de emociones mas. Tengo mis limitaciones, soy muy ansiosa, suelo empezar varios libros y no terminar ninguno, o termino uno pero no retomo los otros, y –a su vez- no me animo a leer escritores que no puedo referenciar con algo que me interese particularmente, lo cual es una gran limitación, porque me pierdo de disfrutar con libros que no conozco. El grado de ansiedad que me generan ciertos libros, provoca que pase horas y horas leyendo, sin importar si tengo que cumplir con alguna obligación. No culpo al libro, sino a mi misma, por comportarme de forma caprichosa.
            Con respecto a la escritura, me encanta escribir, canalizo muchos sentimientos y situaciones particulares a través de un relato improvisado. Es mi catarsis personal. Hay formatos o géneros que me cuestan más pero hago el intento de lograr concretarlos. Siempre valoré la importancia de tener un papel y un lápiz en cualquier momento de la vida, como así también, tener ciertas convicciones, ideales y situaciones que deseen ser plasmados en un papel, para llegar mas allá de mi individualidad misma. Cuando escribo, intento citar, frases, párrafos, versos de autores que me gustan. Y es por esta razón, que finalizo mi presentación regalándoles esta frase de Galeano que es mi empujoncito, para llegar a conocer aquello que no conozco, para lograr crecer desde la experiencia misma, para lograr romper los límites que la sociedad nos impone, para seguir caminando aunque parezca inalcanzable, la razón que nos empuja a caminar:
“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.” Eduardo Galeano.

Una Lectura Conjunta (libro de la niñez)



Corrimos a la cama. De un salto estábamos ambas tapadas hasta el cuello por las sábanas. La ventana abierta, dejaba entrar el aire fresquito de la noche. Una al lado de la otra, comenzamos a leer. Era la primera vez que juntas leíamos el mismo libro. Mencionamos el título en voz alta, y luego nos sumergimos cada una en una lectura silenciosa. Las primeras páginas no significaron ningún problema, pero luego de leer dos hojas llegó el momento esperado: debíamos ponernos de acuerdo  para elegir el futuro de nuestra historia. Ambas éramos las protagonistas, el personaje principal nos despertaba cosas distintas, pero a su vez éramos las dos la misma persona. Una ola gigante había sacudido nuestro barco a las profundidades del océano. Nuestros amigos luchaban por su vida junto a nosotras; por lo que, una decisión errónea nos conduciría a la muerte. Comenzaron las negociaciones, luego de un par de minutos elegimos la misma opción y la historia continuó.
            La ansiedad que experimentábamos se sentía como un frenesí incontrolable. Esas noches de verano parecían no tener hora límite para irnos a dormir. Después de toda una tarde de juegos y luego de la cena, el ritual de leer juntas se tornaba necesario e impostergable. Todo el verano mamá nos había llevado a las tres hermanas a la biblioteca para que escogiéramos un libro que nos llene de satisfacción. Ya habíamos elegido libros de una misma colección; la diferencia radicaba en que resultaban ser continuaciones de una misma historia: tomo uno y tomo dos. Pero, esa vez, ese libro, significaba mas para cada una. Lo habíamos encontrado en un estante polvoriento de la biblioteca de nuestro hermano. No era una de las historias de terror que habíamos leído anteriormente, era una historia de aventuras y, además de eso, nos daba la oportunidad de elegir el rumbo de la historia  en cada página. Nuestro deseo de ser héroes y protagonistas se cumplía realidad con tan solo leer el título: Supervivencia en el mar. Elige tu propia aventura.
            La lectura de la historia se nos escurría entre las manos, no era un libro largo pero, además, el entusiasmo que experimentábamos conjuntamente provocaba una lectura veloz. La decepción nos invadió de repente cuando, una noche, tomamos una decisión equivocada. Estábamos ahogándonos sin poder recurrir a nadie. Nos tomó unos minutos asimilar el trágico final. Cerramos el libro, nos miramos unos segundos y sin necesidad de hablar, lo abrimos otra vez pero para empezarlo de nuevo.

martes, 3 de mayo de 2011

De aerosoles y vaivenes (artículo de presentación del blog)

Las banderas en  alza, que nunca se bajen, que se mantengan en el aire. La calle es nuestra, es de todos, es del pueblo. Y como bien sabemos, cuando se toca al pueblo, cuando se lo lastima, se lo hiere, se lo despoja, el pueblo se levanta. Se levanta para hacerse escuchar, para hacerse ver, para hacerse una totalidad. Una totalidad que a paso de miles de hombres y mujeres, camina. Avanza lento, con calor, con frío. Avanza y sigue avanzando. No se detiene ni aunque las balas le rocen la pierna, el brazo, la cara. No se detiene ni con gases, ni culatazos. No se detiene aunque lo repriman una y mil veces. Cuando se sale a la calle se sale para pelearla, para ganarla, para vivirla. Y aunque sabemos que lo que nos espera puede ser feo, doloroso e injusto, seguimos caminando.
La calle no es sólo asfalto. La calle nos sostiene, nos apoya. Ella celebra junto a nosotros. Canta al ritmo de los tambores, de los redoblantes y de los zurdos. Quieta, constante y sin gracia, baila y no para de bailar por un segundo. Se deja vestir de todos los colores: rojo, naranja, negro, amarillo. Nunca tiene problemas, no hace falta pedírselo. Los aerosoles le dibujan el cuerpo, le hacen cosquillas. Pero ella aún inmóvil  nos regala y se dibuja una sonrisa. Sonrisa que parece mueca, pero que es sonrisa.
Cuando se sale a la calle, el pecho nos golpea fuerte. Vemos, oímos, escuchamos, pensamos y hablamos. Elaboramos conjeturas, discutimos, afirmamos, negamos. También nos indignamos, nos preocupamos, lloramos, corremos, huimos. Pero al otro día, al mes, al año, volvemos a reunirnos. ¿Por qué será que no podemos dejarlo? Será tal vez porque aprendimos que defender una idea, una lucha, una causa, es lo que únicamente nos hace libres? Desde chica afirmé que no hay nada más poderoso que la palabra. Nuestros pensamientos, nuestras ideas, son prisioneras de ellas. Si el hombre tiene que diferenciarse del resto, lo puede hacer a través de su cuerpo, pero no hay nada más absoluto que diferenciarse por las ideas. Ideas que se parecen a algunas otras, que se juntan, que se complementan, que se hacen una. Ideas que crecen y maduran, que pasan de boca en boca, pero no de teoría en teoría, sino de práctica en  práctica. Ideas de unos, pero pensando en un todo. Ideas que rompen la individualidad de uno mismo, y se construyen en la praxis, en un ideal colectivo. Un ideal que nos hace levantarnos, que nos hace despertarnos, que nos hace poner el cuerpo, aunque muchas veces salga herido. ¿Qué sé de eso? Sabré tal vez que la idea sin el cuerpo no es más que una idea. Sabré que el cuerpo es quien la lleva. Sabré que el cuerpo a diferencia de la idea, puede ser fusilado, aunque la calle me sostenga. Sabré que el cuerpo es un blanco seguro. Sabré que si me tiran a la cabeza, me matan en un segundo. Sabré que cada calle tiene su mancha de sangre.
Tal vez no lo entiendan ahora, tal vez no les importe o interese. Para entenderlo hay que vivirlo. Y para vivirlo hay que hacerlo. Todo es un proceso. Un proceso que por la fuerza, no conduce a ningún camino. Un proceso que debe ser elegido. Pero que sólo podrá ser elegido, cuando uno sea conciente, que sin ese proceso, no nos queda otro camino. Un proceso que debe reconocerse como legítimo. Un proceso que se asume a través del compromiso. Un proceso que nace, desde la necesidad de uno mismo. Proceso que no es más, que IDEAS…CUERPO…Y ….CAMINO!!!!.