Yacía inmóvil. Su mirada perdida no hacia más que observar sin ver el techo agrietado y amarillento de su habitación. Sus ojos eran pequeños, muy pequeños, quizás por el paso del tiempo. Los párpados caídos solo intentaban acallar esa mirada y así, olvidar el delirio que transcurría secuencialmente por su cabeza poco lúcida. Las arrugas de su rostro se unían desde sus mejillas hasta sus sienes. Pero no era solo vejez lo que aquel rostro me mostraba, era también agonía, agonía por no poder volver a ser lo que una vez había sido. Un sueño dejado en el olvido puede ser potencialmente peligroso cuando uno está caminando casi muerto por la vida.
Quién sabe cuántos caminos recorría su mente en aquel momento, cuántos recónditos lugares estaba viendo. No podía descifrar su secreto, sólo podía percibir que era intenso. Mientras caminaba por el pasillo para acercarle sus medicamentos logré visualizar su silueta luchando consigo misma para poder ponerse en pié. Esperé unos segundos para ver si requería de mi ayuda, pero ese hombre logró erguirse al cabo de unos minutos. Arrastrándose poco a poco se dirigió hacia la sala. Posó su mano suavemente sobre el añejo tocadiscos. Cerró los ojos, su pulso tembloroso no hacía más que sentir, sentir esa contextura como si fuese el cuerpo de una mujer muy amada. Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro. Permanecía en silencio, pero esta vez recordando, soñando, volviendo a ser eso que una vez había sido.
Sabía qué era eso que sus oídos querían oír, por eso sigilosamente coloqué el disco, casi no percibió mis movimientos. Un tango comenzó a sonar con un bandoneón de fondo. Fue allí cuando sus ojos se abrieron como nunca antes, en mucho tiempo, había podido observar. Un aire rejuvenecedor paseó por su rostro. Se corrió unos pasos hacia atrás, y lentamente comenzó a bailar.
La baldosa era casi impecable. Sus pasos discontinuos se movían lentamente por el piso de la sala. El tango no dejaba de sonar, y él no dejaba de reír. Reía como un joven extasiado ante la vida. Continuó bailando, en silencio, pero bailando, feliz, pero en silencio. Luego lo acompañé hacia su cuarto. Yacía inmóvil, sus ojos lentamente se cerraron, pero esta vez, nunca jamás se abrieron.
“Por eso hoy bailás, y bailás emocionado,
dibujando una baldosa en un tango de salón,
sonriendo ante el pasado,
al ritmo del bandoneón”
Florencia Paolella
















