Me quedé estupefacta; no pretendía encontrarla, no allí. Pensar que me había marchado sólo para olvidarla, o mejor dicho, para poder pensar en ella las 24 hrs. del día sin necesidad de reprimirlo. Me sonrió a lo lejos y se sonrojó inmediatamente. Amaba ver como sus mejillas comenzaban a arder y colorarse. El hecho siempre ocurría cuando se sentía fuera de lugar y acompañaba esa expresión agachando la cabeza, pero nunca la mirada. Esa mirada que tantas veces recreaba en mi mente. Esa mirada sincera, que no guardaba rencores ni soberbias. Esa mirada coherente con todo lo que su pecho siente.
La amaba, estaba perdidamente enamorada de ella. Era la primera vez que me ocurría algo así. Un amor tan distinto, tan transgresor, tan valiente y tan complejo. Cuando me dispuse a acercarme, se dio media vuelta y se marchó. Claro, no estaba lista aún para afrontarlo. Pero se había tomado la molestia de hacer acto de presencia en aquel lugar que tanto significaba para mí. ¿Con qué fin? Ya lo descubriría, o al menos, eso pensaba.
El pueblito era pequeño, el centro: dispuesto en 8 manzanas enfrentadas me permitiría volver a verla. Me quedaban aún 2 días de estadía; seguramente ambos los pasaría con ella. El mar azotaba contra las rocas incesantemente. No, mejor dicho, insistentemente. El viento era la mejor compañía en aquella soledad absoluta. A lo lejos se oían risas. De golpe estaba invadida por un malestar generalizado, estaba irritable, odiaba que me interrumpieran personas ajenas aquellos momentos de estabilidad emocional, de relajación, de valoración y de reencontrarse con uno mismo.
El sonido de las risas se hacia cada vez mas presente. Voltee hacia mi derecha. Era ella de la mano de una joven un tanto mayor que ella, y un tanto mayor que yo. Mi corazón dio un vuelco. Eran felices, reían, reían fuerte, bien fuerte; y yo, sentada en la playa buscando la estabilidad emocional para no recurrir al suicidio. ¡Qué injusto!
Me distraje observándola, una enorme contradicción me atrapo entre sus garras. Amaba verla con el cabello suelto, revuelto, rizado, bien negro. La contemplé anhelándola, deseándola, queriéndola. Me había dispersado, ella estaba con otra y yo no podía dejar de amarla, dejar de extrañarla, no podía ni siquiera dejar de lado el amor por dos segundos para poder enojarme justamente. Estaba con otra en mi playa, estaba en mi playa- que alguna vez había sido nuestra- con otra y encima riendo. Riendo de la felicidad plena, del amor de pareja.
Volví a experimentar la puja interna: odio-amor, amor-odio. Deseaba odiarla, pero no podía, quería amarla, de hecho la amaba, pero ¿De qué servía? Ella no me quería, no me extrañaba, esa sonrisa lo decía todo, me lo estaba diciendo allí mismo, en la playa, en MI playa, con el mar y el viento de testigo. Una nueva persona había hallado en la vida, una nueva persona que solo de ella sería. Y yo: sola, contemplando el mar, intentando visualizar el límite entre el cielo y el agua, intentando visualizar el límite entre el amor y el odio y no pudiendo encontrarlo.
Todo había resultado cierto, aquellos rumores de pasillo, de que se la había visto acompañada de otra muchacha, todo había resultado cierto. Y yo negándolos hasta el hastío. No puede haberme olvidado, no a mí, algo debí haber significado. La noche en que ella se hizo tierra, entrelazándome a sus raíces. Esa noche en que se hizo agua, para saciar mi sed, aquella noche en que fue fuego, consumiendo hasta el último de mis leños, aquella noche que fue canción su dulce voz. Esa noche inolvidable, perfecta, esa noche que fue pura madre tierra. Su cabello enredado cual copa de árboles en primavera, enredado en mis manos hechas tierra. Mirándome con sus ojos tan oscuros como la misma noche, tan intensos como ella misma era. Esa noche que hizo de mí más que un canto de sirena. Esa noche que no fui yo y no fue ella.
No podía haberme olvidado, no así de fácil, no podía amar a otra que yo no fuera. Yo no podía. ¿Por qué si ella?
Florencia Paolella
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